viernes, 18 de marzo de 2011

大和魂

 
Ante la encrucijada de sacrificar la vida de decenas de hombres o dejar completamente fuera de control la central de Fukushima, el Gobierno japonés no ha dudado hasta ahora: "El abandono es imposible". Cuando hace dos días la empresa Tepco decidió sacar indefinidamente a los últimos operarios de la planta, temiendo que sufrieran dosis letales de radiactividad, un directivo consultó con el primer ministro, Naoto Kan. 
 
El líder japonés se negó alegando que los empleados deben asumir la posibilidad de perder la vida en su intento de salvar al país de un desastre nuclear.
"Si el abandono es imposible, [Kan] nos estaba diciendo: 'Seguid hasta que la exposición a la radiactividad os mate'", ha revelado el directivo de Tepco al diario japonés 'Mainichi'.
 
Un número variable de trabajadores -entre 50 y 300- siguen luchando para controlar los cuatro reactores de Fukushima que se encuentran fuera de control y amenazan con una fusión de sus núcleos y una fuga masiva de radiactividad. Los empleados que continúan en la central son hombres anónimos y casi todos mayores de 60 años. Algunos no cobran más de 80 euros al día por su trabajo. Nagase, un veterano de la Segunda Guerra Mundial de 89 años que vive como refugiado en el Centro Deportivo Azuma, en la ciudad de Fukushima, asegura que no ha sido el dinero o el reconocimiento lo que les ha llevado hasta allí. "Llevan dentro el yamato-damashii", dice del 'espíritu japonés'.
 
La idea tiene connotaciones negativas para quienes la identifican con la prepotencia y el nacionalismo radical que llevó a Japón al desastre de la Segunda Guerra Mundial, pero en su versión más amable reúne los conceptos del valor, patriotismo y dedicación al bien común por encima del interés individual. El hecho de que los voluntarios que trabajan en la central sean en su mayoría jubilados es un síntoma de la crisis de consciencia colectiva que vive Japón, a los ojos la primera generación de la posguerra.
 
Profesores de escuela, políticos y abuelos lamentan que un individualismo de influencia occidental se esté extendiendo entre la juventud y debilitando la disciplina social de la nación. La forma en que los japoneses han desabastecido comercios y gasolineras, a pesar de las peticiones del Gobierno para que lo evitaran, es presentada como prueba definitiva de que los aspectos más positivos del 'yamato-damashii' están en decadencia.
 
Tres generaciones de japoneses viven como refugiados en el pabellón del Centro Deportivo Azuma. Los mayores sufrieron la Segunda Guerra Mundial y crecieron en la necesidad del sacrificio propio para sacar adelante un país en ruinas. Sus hijos se beneficiaron del milagro japonés que en los años 80 convirtió la nación en una potencia económica. "Mis nietos sólo piensan en lo que va a comprar mañana", dice el anciano Nagase, que vuelve a vivir como un refugiado, más de seis décadas después de haberlo hecho en su ciudad natal, Tokio, tras la rendición japonesa.
 
 
Jóvenes y mayores sólo tienen palabras de agradecimiento para el grupo de trabajadores sin rostro que continúan la lucha en la central nuclear, situada a 60 kilómetros de distancia de aquí. Dos de ellos se encuentran desaparecidos tras una explosión el pasado martes y varios más han resultado heridos. El Gobierno ha aumentado la dosis máxima de radiactividad que pueden recibir de 100 a 250 millisieverts, asegurándose que se mantienen en el frene de la crisis nuclear.
 
Yuta Ape, un profesor de inglés de 27 años que llegó de la ciudad de Sendai, dice que no imitaría a los héroes de Fukushima aunque le pagarán todo el dinero del mundo. Trabaja, sin embargo, desde el amanecer en la asistencia de las personas mayores que se encuentran en este refugio, busca donaciones para los damnificados y, cuando tiene tiempo, haciendo compañía a quienes han perdido a seres queridos. Se ve a otros muchos jóvenes echando una mano, prueba quizá de que el concepto de 'yamato-damashii' no ha muerto del todo. Simplemente ha dejado de significar lo mismo que para los 'kamikazes' que se arrojaban sobre buques americanos en tiempos de guerra.

Fuente: El Mundo

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